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Novelas de Edgar Allan Poe         Página 2
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caso era muy distinto, como se podía esperar por parte del duque y de su

preferencia señaladísima por lo bizarre. Las salas estaban dispuestas de

modo tan irregular que la mirada solamente podía alcanzar una cada vez.

Al cabo de un espacio de veinte o treinta yardas encontrábase una súbita

revuelta, y en cada esquina, un aspecto diferente.

A derecha e izquierda, en medio de cada pared, una alta y estrecha

ventana gótica comunicaba con un corredor cerrado que seguía las

sinuosidades del aposento. Cada ventanal estaba hecho de vidrios de

colores que armonizaban con el tono dominante de la decoración del

salón para el cual se abría. El que ocupaba el extremo oriental, por

ejemplo, estaba decorado en azul, y los ventanales eran de un azul vivo. El

segundo aposento estaba ornado y guarnecido de púrpura, y las vidrieras

eran purpúreas. El tercero, enteramente verde, y verdes sus ventanas. El

cuarto, anaranjado, recibía la luz a través de una ventana anaranjada. El

quinto, blanco, y el sexto, violeta. El séptimo salón estaba rigurosamente

forrado por colgaduras de terciopelo negro, que revestían todo el techo y

las paredes y caían sobre un tapiz de la misma tela y del mismo color. Pero

solamente en este aposento el color de las vidrieras no correspondía al del

decorado.

Los ventanales eran escarlata, de un intenso color de sangre. Ahora

bien: no veíase lámpara ni candelabro alguno en estos siete salones, entre

los adornos de las paredes o del techo artesonado. Ni lámparas ni velas;

ninguna claridad de esta clase, en aquella larga hilera de habitaciones.

Pero en los corredores que la rodeaban, exactamente enfrente de cada

ventana, levantábase un enorme trípode con un brasero resplandeciente

que proyectaba su claridad a través de los cristales coloreados e iluminaba

la sala de un modo deslumbrante. Producíase así una infinidad de aspectos

cambiantes y fantásticos.

Pero en el salón de poniente, en la cámara negra, la claridad del

brasero, que se reflejaba sobre las negras tapicerías a través de los cristales

sangrientos, era terriblemente siniestra y prestaba a las fisonomías de los

imprudentes que penetraban en ella un aspecto tan extraño, que muy

pocos bailarines tenían valor para pisar su mágico recinto.

También en este salón erguíase, apoyado contra el muro de poniente,

un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo movíase con un tictac sordo,



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