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Batracomiomaquia. Homero.         Página 2
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de la rana, le palpitaba el corazón por lo insólito de la aventura y anhelaba volver
a tierra firme; y en tanto el glacial terror le hacía gemir horriblemente. Extendió
entonces la cola sobre el agua, moviéndola como un remo, y, mientras pedía a las
deidades que le dejaran arribar a tierra firme, iban bañándolo las purpúreas ondas.
Gritó, por fin, y estas fueron las palabras que profirió su boca:

—No fue así ciertamente como llevó sobre los hombros la amorosa carga el toro que,
al través de las olas, condujo a Creta la ninfa Europa; como, nadando me transporta a
mí sobre los suyos esta rana que apenas levanta el amarillo cuerpo entre la blanca
espuma.

De súbito apareció una hidra, con el cuello erguido sobre el agua ¡Amargo
espectáculo para entrambos! Al verla, sumergióse Hinchacarrillos, sin parar mientes
en la calidad del compañero que, abandonado, iba a perecer. Fuese, pues, la rana a lo
hondo del lago y así evitó la negra muerte. El ratón, al soltarlo la rana, cayó en
seguida de espaldas sobre el agua; y apretaba las manos; y, en su agonía, daba agudos
chillidos. Muchas veces se hundió en el agua, otras muchas se puso a flote coceando;
pero no logró escapar a su destino. El pelo, mojado, aumentaba aún más su pesantez. Y
pereciendo en el agua, pronunció estas palabras:

—No pasará inadvertido tu doloso proceder, oh Hinchacarrillos, que a este náufrago
despeñaste de tu cuerpo como de una roca. En tierra, oh muy perverso, no me vencieras
ni en el pancracio, ni en la lucha, ni en la carrera; pero te valiste del engaño para
tirarme al agua. Tiene la divinidad un ojo vengador, y pagarás la pena al ejército de
los ratones sin que consigas escaparte.

Diciendo así, expiró en el agua. Mas acercó a verlo Lameplatos, que se hallaba en
el blando césped de la ribera; y, profiriendo horribles chillidos corrió a
participarlo a los ratones. Así que éstos se enteraron de la desgracia, todos se
sintieron poseídos de terrible cólera. En seguida ordenaron a los heraldos que al
romper el alba convocaran a junta en la morada de Roepán, padre del desdichado
Hurtamigas, cuyo cadáver aparecía tendido de espaldas en el estanque, pues el mísero
ya no se hallaba próximo a la ribera, sino que iba flotando en medio del ponto. Y
cuando, al descubrirse la aurora, todos acudieron diligentes, Roepán, irritado por la
suerte de su hijo, se levantó el primero y les dijo estas palabras:

—¡Oh amigos! Aunque a mí solo me han hecho padecer las ranas tantos males, la
actual desventura a todos nos alcanza. Soy muy desgraciado, puesto que perdí tres
hijos. Al mayor lo mató la odiosísima comadreja, echándole la zarpa por un agujero.
Al segundo lleváronlo a la muerte los crueles hombres, con novísimas artes,
inventando un lígneo armadijo que llaman ratonera y es la perdición de los ratones. Y
el que era mi tercer hijo, tan caro a mi y a su veneranda madre, lo ha ahogado
Hinchacarrillos, conduciéndolo al fondo de la laguna. Mas, ea, armaos y salgamos
todos contra las ranas, bien guarnecido el cuerpo con las labradas armaduras.

iciendo semejantes razones, a todos les persuadió a que se armaran; y a todos los
armó Ares, que se cuida de la guerra. Primeramente ajustaron a sus muslos, como
grebas, vainillas de verdes habas bien preparadas, que entonces abrieron y que
durante la noche habían roído de la planta. Pusiéronse corazas de pieles con cañas,
que ellos mismos habían dispuesto con gran habilidad, después de desollar una
comadreja. Su escudo consistía en una tapa de las que llevan en el centro los
candiles; sus lanzas eran larguísimas agujas, broncínea labor de Ares; y formaba su
morrión una cáscara de guisante sobre las sienes.

Así se armaron los ratones. Las ranas, al notarlo, salieron del agua y, reuniéndose
en cierto lugar, celebraron consejo para tratar de la perniciosa guerra. Y mientras
inquirían cuál fuera la causa de aquel levantamiento y de aquel tumulto, acercóseles
un heraldo con una varita en la mano —Penetraollas, hijo del magnánimo Roequeso— y
les anunció la funesta declaración de guerra, hablándoles de esta suerte:

—¡Oh ranas! Los ratones os amenazan con la guerra y me envían a deciros que os
arméis para la lucha y el combate, pues vieron en el agua a Hurtamigas, a quien mató
vuestro rey Hinchacarrillos. Pelead, pues, los que más valientes seáis entre las
ranas.



Diciendo así, les declaró el mensaje. Su discurso penetró en todos los oídos y
turbó la mente de las soberbias ranas. Y como ellas increparan a Hinchacarrillos,
éste se levantó y les dijo:


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