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El avaro. Moliere.         Página 2


que las cosas no sucedieran así. Mas, a deciros verdad, el buen fin me causa inquietud, y temo grandemente amaros algo más de lo que debiera.


VALERIO. ¡Eh! ¿Qué podéis temer, Elisa, de las bondades que habéis tenido conmigo?


ELISA. ¡Ah! Cien cosas a la vez; el arrebato de un padre, los reproches de una familia, las censuras del mundo; pero más que nada, Valerio, la mudanza de vuestro corazón y esa frialdad criminal con la que los de vuestro sexo pagan las más de las veces los testimonios demasiado ardientes de un amor inocente.



VALERIO. ¡Ah, no me hagáis el agravio de juzgarme por los demás! Creedme capaz de todo, Elisa, menos de faltar a lo que os debo. Os amo en demasía para eso, y mi amor por vos durará tanto como mi vida.



ELISA. ¡AH, Valerio! ¡Todos dicen lo mismo! Todos los hombres son semejantes por sus palabras; y son tan sólo sus acciones las que los muestran diferentes.


VALERIO. Puesto que únicamente las acciones revelan lo que somos, esperad entonces, al menos, a juzgar de mi corazón por ellas, y no queráis buscar crímenes en los injustos temores de una enojosa previsión. No me asesinéis, os lo ruego, con las sensibles acometidas de una sospecha ultrajante, y dadme tiempo para convenceros, con mil y mil pruebas, de la honradez de mi pasión.



ELISA. ¡Ay! ¡Con qué facilidad se deja una persuadir por las personas a quienes ama! Sí, Valerio; juzgo a vuestro corazón incapaz de engañarme. Creo que me amáis con verdadero amor y que me seréis fiel; no quiero dudar de ello en modo alguno, y limito mi pesar al temor de las censuras que puedan hacerme.



VALERIO. Mas ¿por qué esa inquietud?



ELISA. No tendría nada que temer si todo el mundo os viera con los ojos con que os miro; y encuentro en vuestra persona motivos para hacer las cosas que por vos hago. Mi corazón tiene en su defensa todo vuestro mérito, fortalecido por la gratitud a que el Cielo me empeña con vos. Me represento en todo momento ese peligro extraño que comenzó por enfrentarnos a nuestras mutuas miradas; esa generosidad sorprendente que os hizo arriesgar la vida para salvar la mía del furor de las ondas; esos tiernos cuidados que me prodigasteis después de haberme sacado del agua, y los homenajes asiduos de este ardiente amor que ni el tiempo ni las dificultades han entibiado y que, haciéndoos olvidar padres y patria, detiene vuestros pasos en estos lugares, mantiene aquí, en favor mío, vuestra fortuna encubierta, y os obliga, para verme, a ocupar el puesto de criado de mi padre. Todo esto produce en mí, sin duda, un efecto maravilloso, y ello basta a mis ojos para justificar la promesa a que he consentido; mas no es suficiente, tal vez, para justificarla ante los demás, y no estoy segura de que no intervengan en mis sentimientos.



VALERIO. De todo cuanto habéis dicho, tan sólo por mi amor pretendo, con vos, merecer algo; y en cuanto a los escrúpulos que sentís, vuestro propio padre os justifica sobradamente ante todo el mundo; su excesiva avaricia y el modo austero de vivir con sus hijos podrían autorizar cosas más extrañas. Perdonadme, encantadora Elisa, si hablo así ante vos. Ya sabéis que a ese respecto no se puede decir nada bueno. Mas, en fin, si puedo, como espero, encontrar a mis padres, no nos costará mucho trabajo hacérnosle propicio. Espero noticias de ellos con impaciencia, y yo

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