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20,000 leguas de viaje submarino.         Página 2



del objeto o del ser en cuestión, lo mismo que en la velocidad

incalculable de sus movimientos, en la sorprendente potencia de su

locomoción y en la vida particular de que parecía estar dotado. Si era
un cetáceo, superaba en tamaño a todos los que la ciencia tenía clasificados
hasta entonces. Ni Cuvier, ni Lacépède, ni el señor Dumeril,
ni el señor de Quatrefages hubieran admitido la existencia de tal
monstruo, a menos de haberlo visto de manera indubitable con sus

propios ojos de sabios.

Tomando en cuenta la mediana de las observaciones realizadas

en diferentes oportunidades, dejando a un lado las estimaciones tímidas
que le asignaban un largo de doscientos pies y rechazando las opiniones
exageradas que le otorgaban una milla de ancho y tres de

largo, podía asegurarse, sin embargo, que ese ser fenomenal, si en
realidad existía, sobrepasaba en mucho las dimensiones admitidas
hasta entonces por los ictiólogos.

Ahora bien, que existía no podía negarse. De modo que, dada la
inclinación que el pensamiento humano tiene hacia lo maravilloso, se


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